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La Sagrada Familia con Santa Ana

Este lienzo de La Sagrada Familia con Santa Ana (ca. 1595) de El Greco fue donado al Hospital de San Juan Bautista de Toledo por Teresa de Aguilera, viuda de Alonso Capoche; en éste, aparece ya citado en un inventario de 1631 y pudo haber sido realizado alrededor de 1595 según el estilo y la pincelada, aunque no todos los historiadores compartan la misma opinión y lleven el cuadro algo más adelante en la cronología del arte del cretense. Este óleo de enorme calidad artística es al mismo tiempo un cuadro de devoción propio de la España de la Contrarreforma, de cuyo éxito dan testimonio las numerosas versiones y copias que, con variantes de formato y personajes se conservan. Ésta versión parece depender en origen de la que, sin la presencia de Santa Ana, se encuentra hoy en la Hispanic Society de Nueva York [].

El conjunto de la composición tiene un componente emocional y afectivo intencionado y magníficamente plasmado por nuestro pintor; si el dulce e idealizado rostro de la Virgen [] es considerado por muchos críticos como uno de los más bellos de todas las imágenes femeninas pintadas por El Greco, su composición queda plenamente trabada en lo emocional y lo artístico gracias al delicado juego de manos que El Greco ya había desarrollado en El Expolio de la Catedral []: Santa Ana acaricia suavemente la cabeza del niño, que se agarra con su diestra a los dedos de la mano izquierda de su madre, mientras San José al otro extremo del lienzo, toca con su mano izquierda el pie de Jesús []. Esta actividad protectora de San José, en plena madurez de la edad más que un anciano, coincide con la nueva relevancia concedida al padre putativo de Jesús por las corrientes más avanzadas de la Contrarreforma.

Por otra parte, la radiografía de este cuadro de La Sagrada Familia del Hospital Tavera puede servirnos para hacernos una idea, a través de su dibujo subyacente, del método de trabajo de Dominico Greco; El Greco plasmaba primero, por ejemplo, de forma retratística, el rostro de la Virgen sobre el lienzo alla prima, para después retocarlo, estilizándolo y afinando sus rasgos, hasta conseguir una imagen de mayor elegancia, finura y belleza, más artística además, pero dentro de los límites de un marcado naturalismo.

Desde un punto de vista iconográfico, la Virgen representada es la Virgen de la Buena Leche, y la escena muestra al mismo tiempo, ya fuera en Nazareth o durante la estancia en Egipto, provocada por la Matanza de los inocentes y la Huída a Egipto, a una madre que da el pecho a un Niño Jesús completamente desnudo, evidenciando con su carácter sexuado su naturaleza humana y no solamente divina. En un plano iconológico, se le podría conferir a esta escena un significado simbólico doble, la Virgen alimentaba a Cristo como la Iglesia alimentaba a sus fieles por una parte y, por otra, al aceptarse tanto la maternidad virginal como la alimentación del protagonista de la Redención, María se convertía en corredentora. No obstante, este episodio procedente de la tradición de los Evangelios apócrifos, confirmaría la idea de que El Greco era capaz de tomarse licencias a la hora de la elección de sus fuentes religiosas, algunas de ellas, como la que nos ocupa, no aceptadas como plenamente ortodoxas y en consecuencia desaconsejadas por Iglesia de la Contrarreforma.

Sin embargo, una interpretación menos teológica y doctrinal, pero más humana y educativa, de la iconografía de este lienzo, podría estar en el origen de la difusión de esta temática de la lactancia divina. La lactancia infantil fue preocupación de la incipiente pediatría española desde el protomédico de Felipe II, Francisco de Valles (1524-1592), el historiador y educador Juan de Mariana, el pedagogo Juan Huarte de San Juan y el catedrático complutense Pedro García Carrero, a Jerónimo Soriano, autor de un Methodo y orden de curar las enfermedades de los niños... (Zaragoza, 1600) o a Cristóbal Pérez Herrera, quien publicó su Defensa de las criaturas de tierna edad (Madrid, 1608), Francisco Pérez Cascales de Guadalajara, autor de un Liber De Affectionibus puerorum (Madrid, 1611), y sobre todo puesta de manifiesto en la obra más tardía del doctor giennense y médico de cámara del obispo Baltasar de Moscoso y Sandoval y desde 1645 de cámara de Felipe IV, Juan Gutierrez de Godoy (1579-1656). Éste editó, dedicados a la Condesa de Oropesa doña Mencía Pimentel, sus Tres discursos para prouar que están obligadas a criar sus hiios a sus pechos todas las madres quando tienen buena salud, fuerças y buen temperamento, buena leche y suficiente para alimentarlos (Jaén, 1629), texto en el que defendía que “la leche de las madres estando sanas es la mejor”, denunciaba “cuánta crueldad y desamor es no criar las madres a sus hijos. Carecen de piedad y religión” y advertía de los “graves daños e inconvenientes [que] se siguen de criarlos con leche agena”. Como es lógico, en su deseo de que las mujeres de la nobleza criaran ellas mismas a sus hijos, apeló a la nobleza de sus modelos, desde los de las reinas antiguas y modernas a los de las Sagradas Escrituras, o las mismísimas Santa Ana y la Virgen María (II, iv, pp. 44-46), de quien hasta los santos habían alabado “también sus preciosos pechos por haber criado” a Jesús, y tras demostrar que su leche no era milagrosa por ser virgen sino fundamentalmente natural.

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Fernando Marías